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Tribuna Vicente Moret : Cuando las Big Techs fueron a la guerra

La trágica confrontación armada que estamos viviendo en Ucrania va a tener muchas repercusiones geopolíticas, económicas, legales y sociales. Se trata de una tragedia humana sin precedentes en Europa desde hace más de 70 años, y sus consecuencias van a cambiar muchos de los marcos de toma de decisiones utilizados hasta ahora.


Una de las novedades más destacadas de este conflicto es la implicación intensa que muchas compañías tecnológicas occidentales están llevando a cabo en favor del gobierno ucraniano, abandonando las posiciones de neutralidad habituales. Se trata de una contribución al esfuerzo de guerra nunca vista hasta ahora, la cual supone añadir un nuevo vector y una nueva dimensión al conflicto. Estas empresas, con sus enormes capacidades tecnológicas, se han convertido de la noche a la mañana en agentes geopolíticos de primer orden, haciendo cosas que hasta ahora eran monopolio de los Estados, precisamente porque el nuevo paradigma tecnológico les hace disponer de enormes capacidades.

Así, estamos viendo cómo Maxar proporciona imágenes en tiempo real de los movimientos de tropas vía satélite; cómo Starlink proporciona al Gobierno ucraniano comunicaciones y por tanto mando y control; Google está protegiendo las webs oficiales contra ciberataques, y Microsoft hace lo propio con respecto al sistema energético ucraniano. Incluso Airbnb está colaborando para encontrar alojamiento gratuito a miles de refugiados. Otras grandes compañías tecnológicas están siendo muy activas en ese apoyo, pero de forma más discreta. Por otra parte, Amazon, Apple, Netflix, TikTok o Instagram están suspendiendo el uso de sus servicios o la venta de sus productos en Rusia, creando así una situación de absoluta excepción en una sociedad acostumbrada a disfrutar de estos productos y servicios. Todo ello demuestra que la tecnología ha puesto en manos de estas compañías un gran poder para conformar dinámicas y contribuir a modelar acontecimientos que serán históricos.

Este rol activo en la confrontación es nuevo, no tanto por la participación de empresas privadas en los conflictos armados, algo tan viejo como los conflictos, sino por las capacidades de inteligencia, comunicaciones, logística o seguridad digital que aportan. Es evidente que esta situación reafirma la absoluta relevancia del quinto dominio, el del ciberespacio, como parte de un conflicto armado provocado por una invasión. Al lado del decisivo enfrentamiento armado convencional, se pone de manifiesto la relevancia de las operaciones dirigidas a lograr la disrupción de los sistemas financieros, energéticos, o de gobierno. Se visualiza así la total dependencia de la tecnología digital para mantener a las sociedades en movimiento mediante la necesaria operatividad de sus servicios esenciales, los cuales dependen completamente de las redes y sistemas de información.

Las consecuencias de esta participación activa son muchas. Por una parte, se pone de manifiesto la importancia que estas empresas tienen ya en la economía mundial al dominar la economía digital, ámbito en el cual es evidente la supremacía de las compañías de los Estados Unidos. Por otra parte, se establece la posibilidad de que, con esas enormes capacidades, puedan actuar en espacios, situaciones o coyunturas en las cuales los propios gobiernos tengan limitadas sus líneas de acción por diversas circunstancias. La capacidad de actuación de estas compañías no se ve constreñida por el marco de relaciones entre Estados, del Derecho internacional, o de las organizaciones supranacionales.

 

No obstante, ese nuevo rol de las grandes compañías tiene un reverso que debe ser tenido en cuenta. En un mundo que se ha vuelto menos plano de lo que era hace solo unos meses, las cadenas de suministro global se han vuelto más complejas de gestionar en una nueva muestra de cómo estamos pasando de la globalización a la localización. Abandonar la neutralidad supone renunciar a ciertas fuentes de suministros y también a mercados enteros donde vender productos o servicios.

Además, la situación actual de conformación de bloques antagónicos y de imposición de sanciones a los intercambios comerciales por parte de los Estados obliga a estar vigilantes respecto a las propias operaciones de la compañía, especialmente en el sector financiero, para no verse afectados por este nuevo contexto de acción sancionadora por parte de las autoridades. Adicionalmente, las rápidas decisiones adoptadas por estas compañías se han basado en razones éticas, ya que en muchos casos fueron previas a la adopción de decisiones por los Estados, con lo cual cabe plantearse si ese estándar ético se va a aplicar con respecto a otros países o situaciones. A buen seguro, los huecos que se dejen sin cubrir serán aprovechados por empresas chinas.

 

Por último, esta situación obliga a los consejos de administración de las empresas globales a tomar decisiones extraordinariamente complejas y estratégicas para la vida de la compañía y también, dada su importancia, para la propia economía de sus países. El contexto ha cambiado y va a exigir alineamientos definidos por situaciones y decisiones de política internacional, lo cual puede entrañar un nuevo tipo de riesgo. Es necesario dotarse de las capacidades de análisis y decisión necesarias para entender y afrontar la nueva situación. Navegamos un nuevo contexto en el cual el paradigma realista se impone, pasando de una etapa apolínea a otra dionisiaca. La capacidad de adaptación al nuevo entorno marcará, como siempre pero ahora más que nunca, la diferencia entre el éxito o el fracaso de los países y las empresas.

 

* Vicente Moret Millás es 'of counsel' de Andersen.

 

Fuente: El Confidencial

 

 

Friday, 1 April, 2022